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TERESA DIEÇ
por Isabel del Río, autora de “Las Chicas del Óleo, pintoras y escultoras anteriores a 1789” (ed. Akrón, 2010).
http://laschicasdeloleo.wordpress.com
Siempre por casualidad…, felices casualidades han sido y son las que nos van haciendo comprender la Edad Media, tiempo de misterios y leyendas, de oscuros secretos o ¿tal vez no tan oscuros? Fueron los románticos, en su reacción visceral contra el academicismo que se impuso en la cultura a partir de principios del XIX, quienes volvieron sus ojos al pasado para buscar un tiempo en que no todo fueran ecuaciones ni normas cercenadoras. Crearon así una Edad Media a su gusto: sentimental, exagerada, caótica. Pero ¿en base a qué datos? Por mucha afición que hubiera entonces a la Arqueología e Historia, disponían de pocos. Todavía hoy disponemos de escasas fuentes y mil y una son las facultades que cuentan con departamentos especializados en la Edad Media y que dedican parte de sus recursos, año tras año, a investigar sobre el tema y, así, todavía seguimos atribuyendo gran parte de las pinturas y escultoras de aquellos siglos al maestro de tal sitio o de tal otro. Siempre al “maestro”, nunca a la “maestra”.
Por casualidad, sin embargo, de vez en cuando aparece alguien que firma como Teresa y ya no hay manera de llamarle “maestro”. Así ha sucedido con la zamorana Teresa Dieç, que a impulsos de la reina María de Molina, a principios del siglo XIV, decoró al fresco seco los muros del monasterio de Santa Clara de Toro con escenas de la Epifanía, el Bautismo de Cristo y su aparición resucitado al estilo de la leyenda dorada de Santiago de la Vorágine. “Teresa Dieç me fecit” firmó en la banda de la túnica de un gigantesco San Cristóbal que lleva al niño Jesús en brazos para ayudarle a cruzar un río.
¿Quién era Teresa Dieç? Poco más sabemos, como tampoco sabemos mucho de las particulares biografías de otros artistas masculinos medievales…, aunque algo más hemos avanzado en la comprensión de su sociedad estamental y gremial. Lo lógico sería pensar que fue un encargo del convento a un artista externo, que pudo pertenecer a algún gremio y tal vez ser maestra, pues los murales son de gran calidad, fruto de la mano de alguien que ya ha pintado otros y que sabe guardar las proporciones del gusto gótico sin titubeos. Más improbable sería pensar que fue una monja del monasterio quien los hizo: las legas no solían saber escribir y las madres (como nobles que eran de procedencia) preferían encargar a otros este tipo de trabajos “sucios”. Pero debajo de la firma hay un escudo (todavía se desconoce a qué casa u orden pertenece) y quién, de momento, sabe si es otra pista para identificar a la autora: tal vez de procedencia noble, tal vez rebelde a la costumbre impuesta de que los de su “grupo” escribían y no pintaban con cal en los muros pedregosos.
Por casualidad, siempre por casualidad, vamos rellenando retazos de saber. Noble o plebeya esta mujer hizo un esplendido y colorista trabajo; noble o plebeya tenía un bagaje cultural; noble o plebeya quiso ser artista y lo constató firmando en un tiempo en que la idea de autor aún no había arraigado.
Ella fue Teresa Dieç y pintaba muy bien.
**En la exposición de las Edades del Hombre de Valladolid de 1988 también se atribuía a Teresa Dieç unos murales de Hiniesta sobre la vida de Santa Catalina y de San Juan Bautista.
Podéis leer sobre otras mujeres artistas de la historia en:
Medievales:
http://isabeldelrio.es/hildegarda.php
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Siglos XVI al XVIII:
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http://isabeldelrio.es/siriani.php
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General:
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En mi libro “Las Chicas del Óleo, pintoras y escultoras anteriores a 1789” (editorial akrón, 2010) estudio a más de doscientas. Sobre el libro se ha dicho:
Apasionado ensayo sobre mujeres artistas anteriores a la Revolución Francesa, en el que Isabel del Río reflexiona sobre la sumisión femenina y su rescate por la modernidad, como un mito más generado por los vapores de la citada Revolución y que llega hasta nuestros días. ¡No se lo pierdan!
Más críticas en:
http://isabeldelrio.es/criticas.php
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